Los sacerdotes no lo dirán abiertamente como me confesó hace poco uno de ellos, ya muy anciano: «Si nos misericordean por afirmar que el Concilio Vaticano II ha destruido la fe en la Iglesia, no nos queda dónde ir. Solo nos resta salvar almas por nuestra cuenta».
Ha eso hemos llegado.
Esta partida de mafiosos que tomó el timón desde el Concilio Vaticano II ha cumplido con precisión quirúrgica su objetivo: desmantelar la Iglesia desde dentro. La sinodalidad no es un “desarrollo” ni una “actualización”: es la fase final de la demolición controlada de la cristiandad. En cincuenta años hemos visto el resultado brutal: seminarios vacíos, conventos convertidos en hoteles, millones de fieles abandonando la Misa, vocaciones hundidas en un 90 % en Occidente y una crisis de fe que no tiene parangón en dos mil años de historia. Eso no es accidente. Es plan.
El único bastión que se les ha opuesto con verdadera firmeza, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, le ha recordado y recuerda a la Mafia Lavanda, a la Mafia de San Galo y a la Mafia Dionisiaca cada día, lo que fue -y lo que debe volver a ser- un mundo verdaderamente cristiano: uno que no pide permiso para proclamar el Reinado Social de Cristo Rey. Por eso esta jauría la odia con toda su alma. Porque esa pequeña fraternidad es el espejo implacable de lo que la Iglesia Católica debe ser y que dejó de ser desde que el maldito humo de Satanás se coló bajo la sotana de los papas.
Quienes atacan a la FSSPX, sin medir la magnitud de lo que está a punto de desaparecer para siempre de la historia por un legalismo farisaico —recordemos que Satanás es el legalista por excelencia y les cobrará esta traición con creces—, se convierten en cómplices activos de la ruina. Poco importa que se cubran con mantos de piedad, de intelectualidad, o que hablen de oración y de solidaridad mientras esperan con ansias la excomunión de los últimos fieles. Son una partida de hipócritas. Una sarta de cobardes. Hablan de ser católicos, pero viven como si Dios no existiera.
Pero la Iglesia de Nuestro Señor, forjada durante dos mil años de verdad inquebrantable, no morirá. No morirá porque un puñado de pusilánimes haya decidido someterse al mundo antes que enfrentarlo. Quedan almas suficientes. Queda valentía. Queda fidelidad a Cristo hasta derramar la propia sangre. Y sobre todo, queda la fortaleza sobrenatural para resistir y combatir lo que sea necesario.
El pequeño rebaño resistirá con uñas y dientes, porque es de necesidad absoluta hacerlo ante todo lo que esta partida de malditos aún prepara. Lo que ya hemos visto con la sinodalidad es solo el aperitivo; lo que viene será infinitamente peor. Y ustedes se limitarán a llorar frente al espiral de debacle desde sus asientos SIN HACER NADA, atacando a quienes SÍ PELEAN. Pero la Iglesia Católica mantendrá así la pequeña semilla viva, aunque vuelvan a ser 12, aunque regresen las Misas Vetus Ordo a las catacumbas, para volver a erigir y levantar cuando todo haya sido arrasado.
«Ellos tienen los templos, nosotros tenemos la fe».
San Atanasio, Carta a sus fieles (año 356).
Fernández puede meterse su falsa preocupación donde el Sol no alumbra, en donde debe también meter sus libros pornográficos.
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