Longinos debía medir bien sus palabras. Observaba el cuerpo deformado de la Gran Madre con una mezcla entre incredulidad y terror. Su cabeza aún estaba procesando que todo esto estuviera pasando, como si no hubiese sido suficiente descubrir un planeta nuevo. Debió ver más películas antiguas de ciencia ficción para estar preparado.
Del abultado vientre de la Gran Madre colgaban y se extendían todos esos cordones umbilicales. Los adalides, a pesar de ser humanos, poco a poco fueron adoptando rasgos de la Gran Madre. Piel blanquecina, los ojos cada vez más negros y en alguno de ellos se notaba que le estaban creciendo un par de extremidades adicionales.
Entonces, por un instante, se le ocurrió una idea para entretenerla.
—¡Gran Madre! Espere un momento, tenemos una ofrenda para vos —dijo cambiando su tono de voz a uno más alegre y forzadamente cordial.
La Gran Madre solamente ladeo la cabeza sin decir nada. Longinos alzó un dedo, haciendo entender que esperara un momento. Giró sobre sus talones y dio la espalda a la enorme mujer. Dio un par de pasos y observó a Columbiano asomando por el parapeto blindado.
—¿Puedes acercarme las raciones de emergencia? — le sugirió mientras mostraba una media sonrisa nerviosa.
Columbiano no comprendió durante unos segundos. Tampoco unos segundos más tarde. Y sin seguir entendiendo la estrategia de Longinos, decidió levantarse, coger una de las cajas de suministros y acercarse a él. Sentía las piernas como si fueran flanes.
Plantó la caja enfrente de Longinos, alzó la mirada para contemplar a la Gran Madre y, sin darle la espalda, volvió a su parapeto. Todo ello sin soltar su palanca favorita.
—Verás, Gran Madre —habló Longinos mientras se volvía a girar hacia ella—, los humanos hemos sufrido mucho. Guerras y hambrunas. Somos demasiados. O quizás no lo somos, pero sí que nos faltan recursos para alimentarnos a todos, depende de la perspectiva que tengas. Y, al final, todo se traduce en comida.
—¿Comida? —pronunció con voz reseca la Gran Madre.
—Si hay algo que debes saber de la humanidad, de tus hijos, es que somos ingeniosos. Y cuando los tiempos son difíciles, aún más. Te ofrezco este tributo para negociar la paz.
—No quiero paz, quiero a Baudilio —respondió ella.
Longinos ignoró esas últimas palabras y abrió la caja, mostrándole el contenido a la Gran Madre: un enorme surtido de croquetas empaquetadas de todas las formas y colores. Los adalides empezaron a hablar entre ellos, además de con la Gran Madre. Ella, con un simple gesto de la mano, los silenció. La curiosidad le podía.
El capitán respiró hondo, cogió una de las croquetas, la desempaquetó y extendió su mano para entregársela a la Gran Madre. Esta se acercó aún más a él, imponiendo su enorme figura ante el diminuto hombre. Con dos dedos cogió la pequeña croqueta y la observó detenidamente.
—Es comida. Ahora se introduce en la boca y lo masticas bien. Ya verás que bien te sienta comer algo, que se nota que lo necesitas — Longinos ya no medía las palabras, estaba demasiado nervioso.
La Gran Madre le hizo caso. Introdujo la croqueta en su boca y masticó. Para su tamaño, era una croqueta demasiado pequeña, pero pareció saborearla con detenimiento. Luego, la Gran Madre abrió enormemente los ojos y miró a Longinos.
—Esto tiene vuestro sabor. Esto está hecho de vuestra carne.
—Lo llamamos croquetas de la abuela. De nuestras abuelas. En la Tierra éramos demasiados y debíamos aprovechar cada gramo de proteína que se podía conseguir. No nos culpes, es por pura necesidad y supervivencia.
El rostro de la Gran Madre cambió por completo. Longinos sintió que su estrategia no había salido demasiado bien, aunque ganó algo de tiempo.
—¡Hijos comiéndose a sus madres! ¡Esto es una aberración! —la voz de la Gran Madre tronó con fuerza.
—¡Tú te nos comes! ¡A nosotros! ¡A tus hijos! — le enfrentó a gritos el capitán.
—Me equivoqué creándoos. Debo eliminaros a todos —dijo más para sí misma que para Longinos — ¡Matadlos!