REFLEXIÓN DEL DÍA
Las cosas incomprensibles en la vida
7 de abril de 2026
Texto base: Eclesiastés 7:23-29
Corazón encadenado
El Predicador lo confiesa con honestidad brutal:
«Todo esto lo probé con sabiduría, y dije: ‘Seré sabio’; pero la sabiduría estaba lejos de mí»
(Eclesiastés 7:23).
¿No te duele esa confesión? El hombre que más sabiduría había acumulado descubre que la verdadera comprensión se le escapa como agua entre los dedos.
Una de las paradojas más incomprensibles de nuestra existencia es cómo el ser humano, creado para la comunión con Dios, se dejó atrapar por la astucia del engaño. Desde el principio, la serpiente no usó fuerza bruta, sino estrategia: torció la instrucción divina, sembró dudas y vendió la desobediencia como sabiduría. Y el hombre, seducido por esa mentira, rompió la única relación que le daba vida. ¿Cómo fue posible? ¿Cómo es que aún hoy seguimos cayendo en la misma trampa? Porque, como dice el texto,
«he hallado esto: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos han buscado muchas perversiones» (Eclesiastés 7:29).
El Predicador advierte: caminar en vanidad es dejarse atrapar por las asechanzas existenciales, creer que podemos vivir al margen de nuestro Creador sin consecuencias. Pero ahí, en medio de nuestra necedad, irrumpe Cristo. Él vino a romper las cadenas que el engaño forjó. Nos da una nueva identidad, nos saca de las tinieblas a su luz admirable, y nos hace conscientes de que nuestra antigua manera de vivir ya no tiene poder sobre nosotros. Por eso la Escritura nos exhorta con urgencia:
«Vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad»
(Efesios 4:24).
No se trata de un simple cambio de hábitos. Es una transformación radical: la mente limpiada, el corazón liberado del yugo del pecado y del temor.
Defectos y cualidades
Ahora bien, ¿cómo procedemos a limpiar nuestra vida? Solo hay un camino: la palabra que sale de la boca del Padre. Pero para recibirla, primero debemos reconocer nuestra condición real. Somos pecadores que le hemos fallado, separados de su presencia por nuestras propias perversiones. El Predicador buscó sabiduría con ahínco, y su conclusión es dolorosa:
«He aquí, esto he hallado» —dice—, «una mujer entre mil he hallado, pero varón entre todos ellos no he hallado»
(Eclesiastés 7:27-28).
No se trata de un comentario misógino, sino de una declaración universal: la rectitud escasea. Nadie escapa.
Por eso necesitamos acercarnos a Dios con un corazón humilde y diligente. No con excusas, no con autoengaño. Permitamos que el fuego del Espíritu Santo toque y limpie nuestro interior, que cambie nuestra visión y nos dé una nueva perspectiva. Entonces comprenderemos que las cosas viejas pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas. La vida que ahora vivo la vivo por la fe en el Hijo de Dios. Y tengo esta seguridad:
«Estando persuadido de esto: que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo» (Filipenses 1:6).
No es un esfuerzo humano. Es una obra que Dios mismo completa. Pero exige tu rendición, no tu control.
Para reflexionar y meditar
1. ¿Estás pidiendo la sabiduría divina para tomar mejores decisiones, o sigues confiando en tu propia astucia, la misma que arruinó al principio?
2. ¿Le permites al Espíritu Santo transformar tu corazón, o has endurecido tu sensibilidad para no oír su voz? ¿Obedeces sus planes de bien, o los retuerces como hizo el hombre en el Edén?
«Dios mío, tú eres todo lo que tengo; de todo corazón quiero obedecerte y agradarte. ¡Cumple tu promesa y dame ánimo!»
(Salmo 119:57, TLA)
Por: Pastor Eleazar Matié