Lo que podría faltar en tus oraciones
Yendo un poco más allá, se postró rostro en tierra y oró: «Padre mío, si es posible, no me hagas beber este trago amargo. Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.
Mateo 26:39 (NVI)
Había pasado semanas recorriendo las aceras de mi vecindario, orando y caminando, suplicando por una solución a una decisión importante en la vida de mi hija. Estaba derramando mi alma, entregando mis inquietudes al Señor (1 Pedro 5:7).
Pero cada vez que decía amén, todavía me sentía intranquila.
Definitivamente no estaba experimentando “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento”, como promete Filipenes 4:7a (NVI).
Me puse a pensar… quizá la paz llegue si oro de manera más convincente, más apasionada. Y así lo hice. Caminé y oré hasta casi desgastar el pavimento… pero nada cambió.
Durante una de mis caminatas, pensé en Jesús orando en el huerto de Getsemaní horas antes de Su arresto. Jesús estaba lleno de tristeza sabiendo que se avecinaba un juicio, tortura y muerte. Mateo 26:39 describe Su oración de esta manera:
Yendo un poco más allá, se postró rostro en tierra y oró: «Padre mío, si es posible, no me hagas beber este trago amargo. Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.
Aunque mi sufrimiento no se comparaba con la angustia de Jesús, consideré lo que podía aprender de Su oración. Al igual que yo, Jesús anhelaba alivio y comenzó presentando Su petición a Su Padre: “…«si es posible, no me hagas beber este trago amargo”.
Pero la oración de Jesús no terminó ahí. Continuó diciendo: “Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”.
Me detuve a mitad de camino, consternada y con convicción. Yo había estado orando hasta quedarme afónica, pidiéndole a Dios que hiciera lo que yo creía que era mejor. Había estado orando con los puños cerrados, aferrándome a mi propia sabiduría y voluntad. En todas mis oraciones, aún no había dicho, “Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”.
Humildemente, comencé a orar de manera diferente. Le pedí a Dios que me ayudara a rendirme y a confiar plenamente en Él. Ore, Dios, aquí está lo que tiene sentido para mí, el resultado que espero, pero confío en Tu sabiduría. Por favor, haz lo que sabes que es mejor. Pongo mi confianza y mi hija en Tus manos amorosas.
Varias semanas después, Dios resolvió la situación y me quedé maravillada ante Su plan. No era lo que yo esperaba, pero era exactamente lo que necesitaba mi hija. Dios sabía lo que era mejor, como de costumbre.
Si has estado orando y no alcanzas encontrar la paz, ¿podría ser que a tus oraciones les falte un espíritu de entrega? Al igual que Jesús, presentemos nuestras peticiones a Dios, pero en última instancia invitémosle a hacer Su voluntad.
“Lo que quieres tú” nos recuerda que Dios ve el panorama completo y siempre actúa con amor.
“Lo que quieres tú”, afirma nuestra confianza en Él, que es el verdadero camino hacia la paz.
Padre, confío en Tu corazón y en Tus planes. Te entrego mis miedos, mis preocupaciones y mis incertidumbres. No sea lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú. En el Nombre de Jesús, Amén.