#Crónica de una doble mUert3 anunciada: Mayerly y Luisa no volvieron del puente San Mateo.
Nadie lo quiso creer al principio, pero todos sabían que algo iba a pasar. Era como si la tragedia hubiese salido a caminar con ellas esa madrugada, entre el ruido de los motores, el eco de la última canción en el parlante y el sabor amargo del licor que no supieron rechazar.
Mayerly Bastos tenía 30 años y una risa que se imponía en cualquier fiesta. Luisa Fernanda González, 21, era su sombra más joven, su cómplice de noches largas y confidencias prestadas. Esa madrugada del 26 de septiembre, compartieron lo que sería su último viaje: una moto prestada, la noche encima y el puente San Mateo esperándolas, inmóvil, como un testigo que ya conocía el desenlace.
Un puente, una moto, un destino
Cúcuta despertó con la noticia. Fue en el puente San Mateo, en sentido Villa del Rosario – Cúcuta, a las cinco en punto de la mañana. Algunos dijeron haber escuchado el golpe seco, otros aseguraron que vieron las luces de la moto tambalear antes del impacto. Lo cierto es que la máquina se desvió hacia el costado derecho, como si la fuerza de la velocidad le hubiese ganado al juicio, y se estrelló contra la barrera metálica con una violencia que ya no admite metáforas.
Luisa Fernanda cayó sobre el asfalto, quedó tendida con heridas que hablaban por sí solas. Mayerly, en cambio, voló por encima del muro de contención y cayó desde siete metros de altura. El cuerpo quedó boca abajo, sin zapatos, sin vida, sobre la glorieta que acababa de convertirse en su tumba.
El cuerpo, la gente, el grito
Los primeros en llegar fueron vecinos del sector, madrugadores, almas curiosas y asustadas. Vieron el cadáver tendido en el suelo y no supieron si mirar o apartar la vista. Un familiar llegó poco después, se arrodilló junto al cuerpo y el llanto que soltó partió la mañana en dos. Ya no había vuelta atrás. Mayerly estaba muerta. La otra, aún respiraba.
Mientras la Policía de Tránsito recogía pistas, medía distancias, marcaba puntos con tiza blanca y cinta amarilla, algunos se fijaron en la moto, que había quedado a quince metros del punto de impacto. A esa hora, ya se hablaba de exceso de velocidad. Pero la historia no era tan simple.
La moto prestada y el video maldito
Apareció entonces un joven, camiseta negra, rostro pálido. Dijo ser el dueño de la moto. Dijo también —como quien confiesa una culpa que no lo dejará dormir— que la había prestado unas horas antes, cuando estaban bebiendo. Lo soltó como quien suelta una bomba: “Yo creí que no iba a pasar nada”.
Y no mentía. Un video, grabado horas antes en las afueras de un local de licores, lo mostraba discutiendo con otra persona que no quería permitir que ellas manejaran. En la grabación se oye una advertencia, casi profética:
—Si les pasa algo, yo me hago responsable. Yo pago la cárcel si toca.
No lo dijo por hacerse el héroe. Lo dijo con ese tono de quien presiente la desgracia pero no puede detenerla.
La segunda muerte
Luisa fue trasladada con urgencia a un centro asistencial. El parte médico era reservado: múltiples traumas, hemorragias internas, estado crítico. Pero la esperanza, terca como siempre, se negó a rendirse.
Duró seis horas. A las once de la mañana, el hospital confirmó lo que ya se temía: Luisa había muerto. La moto prestada, la noche de fiesta, la discusión grabada, el puente silencioso… todo se alineó para que ese día la muerte hiciera doble turno.
Y sin embargo, todos lo sabían
No fue un accidente en sentido estricto. Fue el desenlace anunciado de una cadena de decisiones erradas, de advertencias ignoradas y de silencios cómplices. Algunos amigos dijeron después que Mayerly era buena manejando, que “ya lo había hecho antes”. Otros afirmaron que Luisa intentó convencerla de que tomaran un taxi. Nadie lo sabrá con certeza. Lo que se sabe —lo único que se sabe con la nitidez de la tragedia— es que Mayerly y Luisa no debieron subirse a esa moto.
Y sin embargo, lo hicieron.